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Educar las Emociones. Parte II

Más Datos

Parece claro que a los participantes les resultaba más fácil ofrecer a los demás valoraciones negativas. Menosprecios y descalificaciones brotaban mágicamente como de un manantial. En cambio, cuando llegó la hora de expresar valoraciones positivas, afecto, aprecio, la cosa no resultaba tan fácil. Se diría que tenían un "regulador interno", una llave que decidía y daba paso, o no, a determinadas manifestaciones. Además era una regulación que operaba en ambos sentidos, y controlaba ese flujo tanto a la hora de ofrecer como de recibir. En el segundo experimento, no sólo resultaba difícil ofrecer estas caricias positivas, esas valoraciones agradables y demostraciones de afecto, sino que quien las recibía a su vez también solía minusvalorarlas. Si alguien decía "Me gusta cómo resuelves estos asuntos", la respuesta probable era "Bueno, es que para mí es fácil hacer tal cosa; no tiene mérito"; tras un "Me gusta estar contigo porque eres divertido" lo normal era encontrarse un "Bah, nada. Es que en mi familia somos bromistas". Estos ejemplos pretenden mostrar lo que en AT se conoce como “descuento”, una minusvaloración o menosprecio ante una caricia, sea interna o externa, sea ofrecida o recibida.

 ¿Qué es una “caricia”? Veamos qué escribía Berne en su libro Juegos en que participamos (1964):

"Caricia" puede usarse como término general para el contacto físico; en la práctica puede tomar varias formas. Algunas personas acarician literalmente a un niño; aquellas lo abrazan o le dan palmadas, mientras otras lo pellizcan juguetonamente o le dan golpecitos con la punta de los dedos. Todas esas formas tienen sus análogos en una conversación, así que uno podría predecir cómo trataría un individuo a un niño con sólo escucharlo hablar. Extendiendo su significado, la palabra "caricia" puede emplearse para denotar cualquier acto que implique el reconocimiento de la presencia de otro. Así, caricia puede usarse como la unidad fundamental de la acción social. Un cambio de caricias constituye una transacción, la cual es la unidad de las relaciones sociales.

(Berne, 1964,  pág. 17 de la traducción al español).

Steiner escribe con más detalle sobre las caricias en su último libro, El corazón del asunto:

Si se va a elaborar una investigación específica sobre las caricias en la comunidad científica, es necesario, para que el concepto pueda ser investigado, definirlo rigurosamente. Para estimular la investigación algún día, intentaré a continuación una definición estricta de las caricias:

1. Una caricia es una unidad de comunicación. En con­creto, una caricia es una transacción en la cual una persona (A) transmite información conscientemente a otra persona (B), que la recibe. (Véase el Capítulo 13 para una explicación de cómo uso el término «información» aquí).

2. La información transmitida en la caricia de A (el estí­mulo transaccional según Berne) pretende dar una informa­ción sobre B y para B.

3. El reconocimiento de la caricia de A por B (la res­puesta transaccional según Berne) completa la comunicación.

4. La información contenida en una caricia puede ser (a) una declaración valorativa verbal o (b) no verbal en forma de un acto o (c) en forma de ambos, verbal y no verbal.

5. La información verbal valorativa contenida en una ca­ricia está primordialmente en forma de adjetivo y puede ser tanto negativa como positiva (guapo, feo, listo, estúpido, bueno, malo, etc.).

6. La información no verbal se personifica en forma de una acción amistosa u hostil (atención, rechazo, sonrisa, fruncir el ceño, caricia, palmada, etc.) acompañada de una emoción correspondiente de amor (desde el afecto a la pa­sión) u odio (desde la irritación a la aversión), o de una mez­cla de ambos.

7. Una caricia es positiva desde la perspectiva de A si está acompañada de afecto positivo (amor, esperanza, alegría, confianza), y negativa si está acompañada de afecto negativo (ira, temor, desesperación). Desde la perspectiva de B, una caricia es positiva si le sienta bien, negativa si le sienta mal, sin considerar qué pretendía A.

8. La respuesta a una caricia variará dependiendo de cuánta de la información de la caricia es recibida por B.

(Steiner, 2010, pág. 102)

Esas caricias están reguladas internamente. Tratándose del Análisis Transaccional, que estudia precisamente las transacciones entre estados del yo internos y/o externos, a Steiner le resultó fácil identificar el origen del problema. Se trataba de algo cultural, aprendido: introyectado como diría el Psicoanálisis; comportamientos reforzados por el ambiente, como definiría el conductismo. Como nosotros hablamos de AT, al conjunto de esas manifestaciones observables de lo aprendido lo llamamos el estado del yo Padre. No necesariamente son conductas y sentimientos asimilados de sus progenitores, ya que también pueden provenir de otras figuras parentales de referencia, como abuelos o tíos, vecinos, profesores, e incluso modelos provenientes de cuentos, comics, películas o televisión.

"Niño interior" es el estado del yo Niño. Según Berne, es una metáfora de la parte de nuestra personalidad en la que habitan los impulsos innatos, nuestros deseos y miedos más arcaicos. Entre esos impulsos innatos está el de amar a otros semejantes. No es el lugar ni el momento para discutirlo, pero parece creíble pensar que esa emoción, como todas, es una ventaja evolutiva. Sin el amor que une a la tribu en beneficio común, probablemente nos hubiéramos extinguido como especie hace milenios. Así que es ese estado del yo el que ofrece, acepta o pide las demostraciones de afecto. Y si es algo que nos resulta tan beneficioso como especie y además se trata de un impulso innato, ¿por qué están viciadas y sujetas esas manifestaciones de cariño? ¿Quién da o niega el "permiso" para hacerlo?

Si te has parado a pensar sobre él, puedes haber llegado a una conclusión errónea: el pobre "niño interior", el Niño, se haya solo e indefenso ante el mundo. Pareciera el es un huerfanito que cantaba Antonio Machín: "Yo no tengo padre, yo no tengo madre, yo no tengo a nadie que me quiera a mí". Pero no, buenas noticias: esto es algo que sucede porque es frecuente escuchar sobre esa noción del AT de oídas, de tercera o cuarta mano. Con un mínimo conocimiento del AT, sabemos que además del Niño, al menos otros dos estados del yo fácilmente identificables acompañan en su interior a cada persona. Uno es el Adulto, que como Berne declaraba con frecuencia, es como el computador que llevamos incorporado. Procesa datos, realiza estimaciones, calcula probabilidades, verifica la realidad. El tercero es el estado del yo Padre, del que ya me he ocupado brevemente.

Eric Berne vio dos aspectos principales y característicos en este estado del yo. Por eso lo dividió según su funcionamiento en Padre Nutricio, Cuidador o Protector (Nurturing Parent) y Padre Controlador (Controlling Parent) (Berne, 1973). Además, a cada una de estas funciones Berne les asignaba características positivas y negativas. Pero nos preguntamos: ¿Cuándo traspasamos la protección y cuidados beneficiosos y llegamos a la sobreprotección limitante? ¿En qué momento el control deja de ser positivo para convertirse en negativo?

La Solución

A finales de los sesenta e inspirados por los crecientes movimientos civiles de liberación como el feminismo y la libertad de expresión, la liberación sexual, los Panteras Negras, o ante los desastres causados por la guerra de Vietnam, el Dr. Steiner y otros colegas habían creado en Berkeley un movimiento al que denominaron Psiquiatría Radical, grupo al que por cierto Berne saluda como “sus amigos” en su última conferencia pública. También habían creado el Centro RAP (Radical Approach to Psyquiatry, o Enfoque Radical de la Psiquiatría) en el que atendían gratuitamente a quienes allí acudían. Uno de los ejercicios habituales consistía en lo que llamaron la Ciudad de las Caricias. Los participantes ofrecían y pedían mutuamente caricias positivas. Los participantes, en grupos de 12 a 24, se daban y solicitaban muestras sinceras de afecto y cariño, sin ningún tipo de condicionantes. Al principio les resultaba difícil, pero pronto se convertía en una marea con oleadas sucesivas de afecto que recorrían toda la sala. Aparecían también otros resultados interesantes. No sólo aparentemente se liberaba el amor, sino que además sucedían otras demostraciones afectivas libres y espontáneas, como la alegría o la esperanza. Además, un resultado habitual era que la gente se sentía más poderosa, más liberada. Y es que era precisamente ese aumento de poder personal el que había facilitado que todo ello ocurriera, que cambiase su realidad. Con más poder en sus Niños, las personas se otorgaban "permiso" para mostrarse más sinceras en sus expresiones emocionales. Junto a ese poder, estas expresiones siempre eran respetuosas y consideradas hacia ellos mismos y hacia los demás, ya que la guía, la llave, el arranque de todo había sido el afecto, el aprecio, el cariño; en definitiva, el amor en cualquiera de sus variantes e intensidades, que ahora y en ese entorno seguro su Niño podía liberar sin restricciones.

Y a pesar de todo, a un pequeño porcentaje de los asistentes se les veía retraídos, aislados, no participaban. Algunos incluso abandonaban la sesión a medias. Era apreciable su estado: abatidos, tristes, enfadados, desconcertados. Algo seguía sucediendo, y no era bueno.

Seguir leyendo: Parte III del artículo

 

Este artículo se publicó el jueves 09 de marzo del 2017.
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