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Educar las Emociones. Parte I

Introducción

En los años setenta, en Estados Unidos, y coincidiendo con la consolidación del Análisis Transaccional, el investigador Ronald G. Havelock desarrolló un trabajo muy importante en la Universidad de Michigan. Más en concreto, en el Centro para investigar en la utilidad del conocimiento (Center of Research for Utilization of Knowledge (CRUSK). Havelock tenía dos cualidades: a) Era capaz de sintetizar grandes cantidades de información. Por ejemplo, las que generaban grandes congresos, y b) Sabía concretar esas masas de información en cuatro Modelos sobre el cambio: El de la perspectiva de la investigación, desarrollo y difusión; el de la resolución de problemas; el de la interacción social y el del enlace.

Teniendo en cuenta lo anterior, creo que la perspectiva de resolución de problemas es el Modelo de cambio en el que mejor encajan la investigación y la práctica profesional centradas en las emociones.

Los pasos que Havelock distingue son los siguientes:

La perspectiva de resolución de problemas parte de las necesidades del usuario y de lo que hace para satisfacerlas, entendiendo por necesidad una discrepancia

  • Existe una necesidad, sentida y/o real del cliente, receptor o la audiencia, que él mismo enun­cia y articula la necesidad es una discrepancia en­tre el estado actual de las cosas y el que se desea. “Tengo que dejar de beber cinco gin-tonics cada día”.
  • Enuncia esa necesidad como un problema y la traslada a una diagnosis, o intento siste­mático de entender la situación presente. “Pero ¿puedo dejarlo? Antes lo he intentado muchas veces”. Cuando ha formulado así el enuncia­do de un problema,
  • es capaz de conducir una búsqueda para investigar y recuperar ideas e información, que puede emplear al formular y seleccionar diversas soluciones. “¿Cuáles son las circunstancias que contribuyen a que beba tanto?”
  • e identifica una solución potencial.
  • Finalmente, el usuario necesita interesarse en adaptar la solución, en probar la misma y en evaluar su efectividad para satisfacer su nece­sidad original. “En la próxima semana, voy a intentar dejar de tomar un gin-tonic cada día, hasta no beber ni uno solo. Si esto falla, consultaré a un profesional para que me fije un programa con el que pueda abandonar este hábito”. (Havelock, 1971, XI-12).

Los Inicios

A finales de los años cincuenta Claude Steiner es un joven psicólogo que acude a una de las reuniones semanales que Eric Berne, un psiquiatra innovador y creativo, realiza en su casa de San Francisco. Steiner no dejó de atender estas reuniones hasta la muerte de Berne, en 1970.

Durante los años cincuenta, Eric Berne ya había empezado a crear y desarrollas su sistema: el Análisis Transaccional (Berne, 2010). Por sus experiencias previas en el ejército y con el psicoanálisis, quería crear un sistema de psicoterapia que rompiera con algunos asuntos de los vigentes por entonces. Decidió que la interacción de las personas era un buen punto para empezar a observar qué sucedía en sus mentes. También tenía claro que el objetivo de la psicoterapia tenía que tener un fin: curar. Hacer "progresos" indeterminados y eternos no le parecía suficiente. Tampoco le gustaba el pedestal desde el que habitualmente profesionales y académicos ponían distancia con sus pacientes. Pero sobre todo quería eliminar las restricciones internas y externas de las personas para que pudieran liberar todo su potencial y que la mano sanadora de la naturaleza, vis medicatrix naturae (Berne, 1966), siguiera su curso.

Así que ahí tenemos al Dr. Steiner, rodeado y siendo parte de uno de los grupos de trabajo más fértiles de la psicoterapia. Durante unos doce años, acompañado entre otros por Stephen Karpman, John Dusay y Patricia Crossman y por supuesto el Dr. Berne, desarrollan una multitud de nuevas ideas que van dando una forma cada vez más definida al AT. Berne observa los diferentes comportamientos, pensamientos o sentimientos y los agrupa en lo que denomina estados del yo. Destaca tres importantes módulos de comportamiento. Son estados del Yo, y les da nombres sencillos que cualquiera pueda entender: Padre, Adulto, Niño. Al revisar las interacciones entre personas observan que las transacciones se realizan entre los estados del yo de cada persona, y a veces responde un estado del yo que no es el deseado o esperado por quien inicia la conversación. Siguen el rastro a estas transacciones y ven que hay series completas de transacciones que resultan predecibles y que conducen a un final conocido de antemano. Aprecian que algunas de ellas resultan muy frecuentes, y sobre todo que tienen un efecto negativo en las personas implicadas: las llaman “juegos”.

Dada la profesión de todo el grupo de Berne y su constante contacto profesional como terapeutas con gente con dificultades, la mayoría de estos juegos detectados son problemáticos y arrojan un saldo negativo para quienes participan en ellos. Por ejemplo, el caso habitual de aquél que ante un grupo plantea un problema, y ante cualquier solución que el resto le ofrece, su respuesta es refutarlas e invalidarlas sucesivamente. Es el juego de "Sí, Pero…", fácil de observar en cualquier ámbito, sea familiar, laboral, de pareja, con amistades… Allá donde un grupo de personas se reúnan e interactúen.

Y si ése era el resultado, ¿por qué se enzarzaban las personas en estas series de transacciones? Si lo hacían, estaba claro que era porque conseguían algún tipo de "ventajas". Berne encontró que éstas eran tanto sociales como psicológicas, tanto internas como externas. Y que el fin de estas ventajas era satisfacer unas "hambres" innatas. Por el tema de este artículo, destaco una: el hambre de "caricias".

—Todo esto parece bastante interesante, pero llevo un rato leyendo y aún no he encontrado la palabra "emoción".

—Cierto. Pero, aunque no lo parezca, ya hemos llegado a un primer punto clave: el hambre de caricias. ­

Primera Pista (La alerta)

En sus reuniones semanales solían presentar casos clínicos, ofreciendo teorías para que todo el grupo las estudiara y posteriormente las validara o refutara. También, hacían algunos experimentos. En una de estas reuniones, Steiner propuso experimentar el hecho de criticarse mutuamente, como se solía hacer en algunas terapias de grupo. Tras un periodo brevísimo de tanteo en el que más o menos mantuvieron las formas, rápidamente el experimento evolucionó a ataques cada vez menos delicados.

La desazón causada por este experimento llevó al Dr. Steiner a sugerir al grupo realizar en la siguiente sesión el experimento inverso. Si en el anterior se trataba de decir a los demás criticas desagradables, en éste se trataría de exponer al resto sólo cosas agradables de los demás. Así se acordó, y eso hicieron en la siguiente reunión. Mientras que en la primera sesión los menosprecios y descalificaciones fluían libremente, en la segunda prevalecían los largos silencios apenas interrumpidos por alguna tos o carraspeos nerviosos; si en una los tonos de voz y los gestos eran vivos y expresivos, en la otra todo era apocado, tímido y en voz baja, casi evitando el contacto visual.

—Pues sigo sin leer nada sobre emociones…
—¿Seguro? ¿No crees que ha habido cambios emocionales? Cambios de emociones, de intensidades, de causas y efectos. Yo diría que algo ha pasado, y no parece bueno.

Seguir leyendo: Parte II del artículo

 

Este artículo se publicó el jueves 09 de marzo del 2017.
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